Ramón Ferreiro no se recorre: se pasea. Es llana, es ancha, es bonita, y hay quien alarga el camino a propósito solo por entrar al centro por ella. Tiene caché, tiene vida a pie de calle y tiene una demanda que nunca ha necesitado explicarse. Lo que sale aquí se mira dos veces.
A esa avenida asoma, desde una segunda planta y entre las copas de los árboles, la fachada principal de esta vivienda de 142 metros. Por el lado contrario, al oeste, la casa vuelve a abrirse sobre una zona despejada, y de esa doble condición nace todo lo demás: no le queda una sola estancia mirando hacia dentro. Todas tienen ventana y todas tienen calle.
Así, la mañana llega temprano por la avenida y la tarde se retira despacio por el lado opuesto, con el monte recortado al fondo. Entre una cosa y la otra pasan muchas horas, y en ninguna de ellas hay nada que interrumpa la luz. Se ve en las fotografías y se nota al entrar: la vista no tropieza, se aleja.
La planta acompaña esa serenidad. Es regular, sin esquinas difíciles ni rincones que sobren, de modo que los 142 metros se traducen enteros en espacio aprovechable y la casa puede imaginarse de nuevo sin una sola limitación heredada. Hoy son cinco habitaciones, dos baños, uno de ellos ya reformado con plato de ducha, salón comedor, cocina, hall y galería. Mañana serán lo que decida quien la compre, porque esta es una vivienda para reformar por completo y esa es, precisamente, su mayor libertad.
Conviene, eso sí, detenerse un momento antes de decidir nada. Los arcos de escayola que enmarcan el paso entre estancias, las molduras que recorren los techos, la altura que esos techos tienen y el tamaño de los ventanales son cosas que una reforma no fabrica. Se pueden respetar, se pueden reinterpretar, pero no se pueden inventar.
El edificio, de 1980, resuelve el día a día sin ruido: dos ascensores de seis plazas, ni un escalón desde el portal, trastero amplio y plaza de garaje en el propio inmueble, con el ascensor bajando hasta ella. La calefacción funciona con caldera individual de gas natural.
Y afuera, cinco minutos de paseo agradable separan el portal de la Muralla. Esta parte de Lugo lo tiene todo resuelto a pie de calle y es, sin exagerar, el centro neurálgico de la ciudad, con la ventaja de vivirlo desde la avenida por la que todos quieren llegar a él.
LO QUE HAY QUE HACER, SE HACE. LO QUE HAY QUE TENER, YA LO TIENE.
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